Hace unos días, en un interesante debate sobre la problemática lingüística en las islas, alguien comentó que le llamaba la atención el hecho de que las personas nos creyéramos con derecho a opinar cuando para estas cuestiones ya estaban los expertos en la materia, como lingüistas y filólogos.
En un principio debo decir que me dejó un tanto fuera de juego, pero en vista de que no tenía nada interesante que decir, opté por callar. A día de hoy, después de una profunda reflexión, me encuentro en situación de tener opinión al respecto, y es bien sencilla: no sólo debemos creernos con el derecho a opinar sobre las lenguas, cualquiera que sea, sino que deberíamos creernos con la obligación de hacerlo.
Y me explico.
Las lenguas, por si mismo, no valen nada. Somos las personas que las hablamos quienes les damos valor, utilidad, vida. Y al ser nosotros quienes las dotamos de tales cualidades, inevitablemente les transmitimos otra que se encuentra implícita en el mero hecho de vivir: evolucionar.
Las lenguas, por mucho que nos pueda pesar, cambian, crecen, se adaptan..., tales son algunas de las virtudes del Ser Humano, que también transmite defectos como resultar hiriente y agresiva, si bien estas cuestiones las dejo para otro momento.
Intentar encerrar una lengua entre normas y leyes es como intentar ponerle puertas al campo: no sirve absolutamente de nada. Es más, puede haber ocasiones en las que incluso sea contraproducente porque puede invitar a saltar sus vallas.
No podemos evitar que lleguen nuevas generaciones así como gentes de otros países que traerán consigo conceptos desconocidos, inventos revolucionarios o expresiones modernas a los que no habrá más remedio que poner nombre o aceptar los que ya traigan, lo que irá modificando nuestra habla, como sucedió en su momento con lenguas como el latín, hoy día transformada en multitud de idiomas.
Y si el destino del Hombre, como de todo, es desaparecer, ¿porqué las lenguas no van a correr nuestra misma suerte, estando como están tan vinculadas a nosotros?; y en el hipotético caso de que desaparecieran todas las lenguas del mundo a excepción de una, ¿tendría algo de malo que el mundo entero se comunicara con un solo idioma?
Conservemos su origen pues medios no nos faltan, y siempre hay que conocer las raíces de uno, pero abrámonos también a las nuevas aportaciones, las nuevas mezclas, los nuevos barbarismos, pues ellos serán, algún día, las raíces del futuro.